Lectura en parques: Parque de la solidaridad con Palestina

Lectura en parques: Parque de la solidaridad con Palestina

La ciudad crece a diario, tanto horizontal como vertical. Nuevos barrios, asentamientos, colonias, y residenciales exclusivos para la clase pudiente. ...

Cuentos difíciles de encontrar en la web
Sin Despedida – Guillermo Goussen (1954)
Mujeres centroamericanas, a escribir…

La ciudad crece a diario, tanto horizontal como vertical. Nuevos barrios, asentamientos, colonias, y residenciales exclusivos para la clase pudiente. Abundantes centros comerciales y plazas para el entretenimiento.  Todos estos lugares tienen algo en particular: el encierro.

Durante semanas un amigo me comentó sobre el Parque de Solidaridad con Palestina: ubicado cerca de la Bansbach. Insistía como si fuera un espacio único y especial. A decir verdad, él también lo es: discípulo de On the Road y El Quijote.

El domingo que salimos a tomar café, y caminar por casi todas las avenidas de Altamira, cuestionábamos porqué las familias se mantienen encerradas en sus casas reunidas frente al televisor como un rito luego de una semana de estudio y trabajo.

Continuamos nuestro camino. Aparecieron las manchas verdes de los árboles y  los juegos infantiles. Entramos por el portón de malla metálica. Y a primera vista se observa el mural dedicado al presidente Arafat que está dibujado dándose la mano con Daniel Ortega vestido de traje militar. Sonaba el rechinar de los columpios, el murmuro de las parejas, y la risa de los niños. “¿Sabes cómo lucen los chilamates?”,  dijo mi amigo. “Sí, tienen lianas”, le contesté.

Caminamos por los jardines en busca de una casa de árbol. A la primera que llegamos estaba llena de jovencitos absortos en sus celulares. Así que nos movimos en busca de otro árbol.

Vi la escalera multicolor con un espaldar de barras en forma de anillos. La altura es de unos dos metros. Mi amigo subió primero. Pensé en mi miedo a las alturas. También en aquella casa de árbol que mi papá construyó cuando era pequeño. Ahí escondía mis juguetes: un camión Caterpillar, soldaditos de plástico, chibolas y un tablero de ajedrez. Llevaba a mis amigos, y un día de tanto saltar empezaron a caerse las tablas, hasta que decidieron derribar el árbol.

Nos acomodamos en el piso de tablas de madera. Un joven con los audifonos puestos miraba su celular, a la gente, y a nosotros nos sonrió.  Estiré las piernas, y leí el fragmento de una novela que llevaba conmigo. Supuse que sería el lugar perfecto para leer. Escuchaba el sonido de los pájaros, veía a las familias sentadas en las bancas,a los padres con sus hijos en el subibaja, y el colorido resbaladero.

El techo de la casa estaba marcado con números de celulares para buscar amigos. Pensé en el grafitero “El buzo” y sus bien logrados mensajes sobre la superficialidad del tedio urbano que pueden identificarlo en varias zonas de Managua. Un buen grafiti en ese techo sería el toque perfecto para descansar y reflexionar. También se me ocurrió una frase mientras sostenía mi libro: leer es el ejercicio de los mortales para alcanzar la inmortalidad. Y lo anoté en las tablas del piso de la casa.

Aquello que escribí me llevó a recapacitar en los cientos de autos que transitan en las calles de Managua, y los nuevos edificios que configuran el centro, y, poco a poco desaparecen los espacios verdes, y como ya es sabido, ni siquiera hay un centro, o al menos existe uno, el histórico (La Avenida Bolivar) que también está en apogeo. Pero con o sin centro, todo parece un caos. Las prioridades son otras. La construicción de oficinas para sucursales financieras y centro de llamdas, por ejemplo. La frivolidad de la dispersión en cuestiones banales como tomar casi a diario proyecta a esta ciudad a una semejanza de las urbes modernas.

Y es por eso que la tranquilidad de la lectura ya sea de filosofía o literatura por placer o crecimiento personal, es necesario para cada individuo que desea la búsqueda de la felicidad; y en mi opinión, este parque me produjo una nueva sensación de tranquilidad.   Estar al aire libre, fuera del bullicio, huir de los típicos lugares domingueros: bares y restaurantes; pude hurgar en mi mente esa frase que tal vez ya venía reflexionando.

Estar en el parque me hizo sentir como un filósofo griego: como cínico acostado bajo un árbol sin pensar nada más que en la felicidad. También me recordó a Sócrates: al aire libre cuestionándolo todo.

Minutos después, empecé a escuchar el ruido de una música electrónica: de esas que suenan como licuadoras y disparos láser. Mi amigo y yo, decidimos bajar del árbol. Nos asomamos a la pequeña plaza de donde provenía el ruido.

Unos muchachos practicaban una danza de movimientos parecidos a las ramas de los árboles mecidas por el viento. Decidimos retirarnos porque la música estorbaba nuestro interés de buscar un lugar tranquilo.

Espero visitar otra vez y disfrutar de un espacio distinto en esta urbe intranquila, para relajarme y practicar mis ejercicios de lectura estando claro de que ignoro de todo y no sé nada como ejercicio del asombro filosófico.

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Si te animás a leer en un parque, nuestra recomendación es Sin despedida

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