Sin Despedida – Guillermo Goussen (1954)

Sin Despedida – Guillermo Goussen (1954)

Sin despedida, cuento corto del narrador nicaragüense Guillermo Goussen Padilla (1954).

El primer texto de Cuentos difíciles de encontrar en la web, es Sin despedida, cuento corto del narrador nicaragüense Guillermo Goussen Padilla (1954).

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El primer texto para Cuentos difíciles de encontrar en la web es Sin despedida. Este es un cuento corto del narrador siempre nicaragüense Guillermo Goussen Padilla (León, 1954). Lo podés encontrar en el libro de relatos “Mujeres que matan” (CNE, 2008).

Narra, en síntesis, la historia de un joven nicaragüense que recién ha llegado a México. Este tiene que enfrentarse a las fauces del exilio y al llamado seductor de una muchacha intelectualmente bella (feminista) que lo invita a pasar un rato agradable en su alcoba durante muchas semanas.

Lo atractivo del relato es la multiplicidad de voces nicas, mexicanas y bonaerenses que pueden hallarse en el yo narrativo del propio protagonista y de los personajes secundarios.

Próximamente, en Literato Tienda de Libros, Guillermo Goussen Padilla estará presentando su novela Como Cuba libre (Premio “María Teresa Sánchez” 2012), y este relato que ahora les incluimos puede ser un buen inicio para los que aún no leen nada de él.

SIN DESPEDIDA

Guillermo Goussen Padilla

Cuando entré al bus, Elena estaba sentada cerca del semicírculo que las ruedas formaban en el interior; sus piernas, blancas, rollizas, se continuaban debajo de una falda de dril, ensanchándose en las caderas. Sus senos se insinuaban, aunque los cubría con un grueso suéter de lana; sus ojos, que por un momento no se apartaron de la página trece del Uno más uno, lanzaron, luego, desafíos color miel que con ligeros movimientos acomodaron su falda. Me distraje un rato viendo el comportamiento de los estudiantes; todos eran típicamente bellos: melenas que caían sobre los abrigos de Chinconcuac, bolsas que guardaban desenfadadamente el conocimiento de la mañana y besos cachondos de despedida momentánea. La levantada del pasajero que iba a su lado interrumpió mi observación. Ocupé el lugar vacío y dejé que su presencia lo llenara todo. La nota informativa del diario significó el mejor pretexto para dirigirle la palabra. Con esa ausencia que al mismo tiempo la hacía tan cercana, me cedió el periódico. Al no encontrar ninguna conversación artificiosa, me dispuse a leerlo.
Recién había llegado a México, con diecinueve años que no pesaban en el ánimo, ni en el físico. Nacha Guevara cantaba los poemas de Mario Benedetti y los universitarios ensayaban el juego de la intelectualidad izquierdista. Ser nicaragüense, tener esa edad e intentar un exilio decoroso resultaba encachimbado. Sin embargo, estaba decidido a llevar hasta el límite del chauvinismo la creencia de que los nicas éramos muy especiales: teníamos un Rubén Darío, un lago con tiburones de agua dulce, un campeón mundial de boxeo y otro de billar, y la certidumbre, única, de que pertenecíamos a un país de mierda. Todo eso no importaba en esta nación, donde el exilio era sinónimo de Cono Sur, y en el que las peñas y el café-librerías muchas veces servían de ambientación para que los blue jeans, los suéteres de cashmere y los sacos de corduroy lanzaran espermatozoides socialistas a los ponchos de llama y faldas de delicados encajes.
Tenía hambre y deseaba aprender, para ser útil dentro de esa segunda clase militante-centroamericana, de “eses” cortadas y verbos imperativos. También quería encontrar la justificación de mis propios actos: “Un muchacho inteligente, que estudió con los escolapios, que seguramente llegaría a ser un buen doctor o un abogado de prestigio, no sé cómo pudo meterse a esa chochada”. Estaba sin patria y sin el porvenir halagüeño que la Yoyita (vendedora de raspado) me auguró; odiando el maldito eufemismo llamado República Bananera, que una historia unilateral nos puso; viviendo un celibato a huevo, de caderas que avanzaban fugaces ante una espontaneidad mal interpretada; tratando de concentrarme en la noticia, mientras aquellas piernas con hoyuelos en el tobillo se volvían más tentadoras, y el transporte, que había salido de Ciudad Universitaria, iba dejando el rostro ingenuamente rebelde del estudiante y absorbiendo la cara pesimista del adulto. Al pasar por el Parque Hundido, ella hizo los preparativos necesarios para una parada próxima; entonces me di cuenta de que también debía bajarme. La puerta trasera quedaba frente a nosotros y no fue difícil abandonar el bus.
Empezamos a caminar separados, yo ligeramente detrás de ella, observando el caer indómito de los colochos a veces dorados, a veces cafés, sobre sus hombros; imaginando el roce suave de las piernas y preparando el mejor discurso para abordarla.
—¿Vivís por aquí? —pregunté después de mucho vacilar.
—Sí, ¿y vos? —respondió, dejando que su pelo y su acento me remontasen a las postales de las Pampas.
—Aquí…, a cuatro cuadras…
—Yo estoy sobre Ávila Camacho…
—¿Sos porteña?
—Sí, no me da pena decirlo —contestó con una agresividad a la que pronto me acostumbraría.
—Bueno, no se trata de llenar un formulario… Soy nica… Supongo que estás exiliada…
—De algún modo se le tiene que llamar a este quilombo… Mirá, yo pensé que vos eras uno de esos boludos que suben a los colectivos a liberar sus frustraciones sexuales…
—Me gustaste, no lo niego…, pero no creo ser lo que decís…
—Ustedes los nicas son machistas… ¿No es cierto? ¿Qué te parece si lo discutimos en mi casa? Tengo buen café…
Elena era encantadora, carecía de ese punto medio capaz de volver hipócrita lo sutil; libre de toda pose que la hiciera glamorosamente estúpida, poseía una cultura amplia, que desechaba el encanto burgués; nada en ella mostraba limitación. Su departamento tenía el espacio justo para llenarlo con unos muebles de tercer uso, muy acogedores; libros que se acomodaban en todos los lugares imaginables, y ella, que creaba una atmósfera culta y erótica. Indefectiblemente iba a refugiarme ahí, buscando los movimientos distraídos de sus piernas, la generosa abundancia de aquellos pechos, a ratos escondidos en la chaqueta y a ratos exhibidos por el cruce de los brazos; el compás inquietante de sus caderas, muchas veces cuestionadas por ella y atacadas por una dieta que, según alegaba, no tenía nada de burguesa, y sobre todo la necesidad de ir hilvanando cada palabra que Elena, desde el monólogo que suscitaban mis preguntas, esparcía entre las cuatro paredes.
Hora tras hora fui descubriendo a través de ella la situación mundial, los problemas del feminismo y su involucramiento en las luchas de clases. Tratando de contener, al comienzo, las erecciones que, pensaba yo, no me estaban permitidas. Sus tesis freudianas sobre la satisfacción fueron desvistiéndola y acercándome su cuerpo, hasta apretar con mis codos el nacimiento de su cintura, en un ir y venir de la boca a los tobillos. En esos momentos, yo poseía la fuerza y la improvisación. Elena se dejaba llevar por mi recorrido, entregando sus treinta y cinco años a la inconciencia. Mientras platicábamos, todo volvía a estar de su lado, y yo me transformaba en el alumno diligente que soportaba hasta sus insultos.
Elena nunca pudo ser dulce. Estaba revestida de una coraza hembrista y del recuerdo de un compañero, desaparecido en las “Cruzadas Anticomunistas Argentinas”. Sólo daba la parte animal, que se excitaba cuando mi sexo ardía; entonces, gritaba o lloraba pidiendo mis caricias tiernas y precisas. En cambio, yo empecé a tener gusto por la persona adulta que, a diferencia de los culitos entallados en un pantalón vaquero, amantes de las discotecas y prostituidas por el qué dirán, se despojaba de lo mezquino, dejando un gracias flotar en la recámara. Estaba consciente de su estima, de la franqueza con que decía: supongo que no traés dinero y no has comido; de su interés por estudiar a fondo el problema nicaragüense. Elena era la tranquilidad del trabajo, la mirada que cruzaba el concreto y se perdía en una canción de María Elena Walch; pasos friolentos que salían del baño y se calentaban en mis brazos; tristeza que se fundía con la mía y viajaba hacia el Sur.
Sin embargo, se negaba a hablar de ella y de todo lo que la pudiera mostrar como una mujer con debilidades; me hacía ver que nuestra relación tendría el límite que mis visitas marcaran; llevaba hasta la desesperación los resabios machistas, existentes en mí, cuando me gritaba por la ventana que no podía recibirme, ya que un negro haitiano ocupaba su tarde. Y yo vagaba por Insurgentes, midiendo el tiempo-falo y el tiempo-pierna, para volver irremediablemente a esa sonrisa recién lavada, que por una noche no me pendejearía.
Por eso no hubo despedida: me fui, con la imagen de su cuerpo confundida con otras soledades, llevado por los acontecimientos que pusieron a nuestra lucha en el primer plano, ante las continuas derrotas latinoamericanas; oyendo las canciones de los Mejía Godoy, y cargando la realidad cuarteada de mi exilio.
Luego vendría esta luna de miel con la verdad y el error, de trabajo y maniqueísmo inocentes, con la bendición de los compitas y el rechazo de la curia, y este recuerdo que no me deja en paz y me obliga a escribir de Elena, que es como hablar de mi destierro, con toda la masturbación marxista y las discusiones sobre el intelectual orgánico de Gramsci, amodorrado por los militares, mientras contemplo la Maja Desnuda en el calendario del almacén Orlando Chávez, “Que está a sus completas órdenes, del parque La Merced, media cuadra abajo”.

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COMMENTS

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    Guillermo Goussen 1 año

    Gracias, tocayo, aún me conmueve algo que escribí en 1982.

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